Para todos aquellos hartos de novelitas crepusculares

miércoles, 13 de marzo de 2013

Me escapo. Me encuentro.


Nevaba, de tal manera que todo aquello parecía más bello que en la misma realidad.
Era una nieve fina, mansa, ligera. Golpeaba el cuerpo de la gente y del metal acariciándolo, era completamente inofensiva.
Un aire aterciopelado rascaba nuestras caras, nos hacía parpadear de vez en cuando, también por culpa de los chorros de luz que a veces se desprendían de entre los ladrillos.

Me sentía una mísera parte del todo que me rodeaba, no era nada, un pequeño ser en un mundo de gigantes de hierro, como si de un Quijote cargando contra molinos se tratase.
Perdido en una ilusión, o quizá, por el contrario, mucho más encontrado en uno mismo que nunca, aunque anduviera por un asfalto que no era el de mi barrio.

A veces cerraba los ojos, no por falta de fe en todo ello, sino para respirar hondo el frío del lugar, y sentir realmente que todo aquello pasaba, que tocaba un sueño, que todas esas ilusiones de crío llegaban a un punto de no retorno en mis recuerdos.

Continué caminando plácido, huyendo del humo, de las luces, escondiéndome entre callejones que jamás había visto pero que parecían cercanos a mi rutina mañanera.
Era uno más, viviendo y no haciendo otra cosa que no fuera aprovechar cada momento.

El auge de la cultura, la ebullición del hombre, adornado de luces, de olor a comida en cada esquina, y de un espíritu que no había encontrado en mi ciudad.
Me perdía en los escaparates, en las piedras pintadas del asfalto, en el reflejo de todos esos cristales, y no era capaz de valorar todo lo que podía concentrarse allí.

No tenía prisa, esa noche no, esa noche era mía e iba a ser la mayor concentración de experiencias para mi cerebro, ávido de sensaciones este.
Pisaba firme, entre calles y letreros, entre teatros y salas, entre carteles y publicidad. Todo centímetro estaba iluminado por la concentración que había en el ambiente, salvo las callejuelas adyacentes a todo aquello.

Mi nariz ya estaba áspera, pero no importaba. Mis orejas también lo estaban, pero aún mis oídos escuchaban todos los acentos, excluía todos los cláxones y se dedicaba a crear una dulce música que me distraía de todo. Estaba vivo, esta vez sí, lo estaba!

Prometí no pensar en mi tormento, por eso estaba allí, para liberarme de él y pensar en mí, para por una vez darme lo que yo mismo merecía. El choque de mis principios, de mis leyes no escritas, me había llevado al lugar de la catarsis y el sumun. Buscando la libertad por culpa de una cárcel con nombre propio, la cual yo mismo había construido y ayudado a crear, sostenida aún en ruinas que se caían a pedazos.

Ese era yo, encontrando una respuesta en el aire, lejos de casa, lejos de todo, lejos de mi ruina…ese era yo intentando recuperar el control de mi vida, cumpliendo un sueño que es más que eso, reafirmando mi forma de vida.

Suspiré de nuevo, abrí los ojos, estaba de nuevo en mi cama, pero esta vez había sido todo  real. Ya podía morir, mi tormento estaba casi drenado, goteando sus resquicios, y ese aire ya inundaba mi pecho y no se iba a ir de ahí. Jamás.


MAD to NY.

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