Para todos aquellos hartos de novelitas crepusculares

lunes, 21 de enero de 2013

Náufrago.

Día … … del mes … … del año 2013.

Diario de a bordo de Álvaro Jarabo Fernández, capitán al mando del navío con nombre “Soberbia”.


Ignoro cuantos días llevo ya anclado, quizá sean semanas o meses en este peñón, perdido de la mano de dios si es que este existe.
Perdí el control de mi navío tras encontrarme con una borrasca, la cual me dirigió a un mar a priori conocido, pero que a medida que me consumía, deduje que era por completo un extraño para mí.
Luché contra la marea, intenté remontar los vientos y las fuertes olas, pero el mástil se partió y tuve que abandonar el barco por peligro de hundimiento. Tomé un bote salvavidas y perdí el conocimiento. A la mañana siguiente me encontraba semidesnudo y sin prácticamente nada, en un pequeño peñón no más grande que el suelo de un par de casas.
Lo había perdido todo.
Me alimentaba de latas de conserva, de asquerosos peces espinosos y rara vez de moluscos.
Estaba claro que iba a morir ahí, ya no tenía ninguna esperanza de volver a ver a ningún humano, y por ello tampoco a ninguno de mis seres queridos.
Pasaba los días lanzando rocas al mar, cazando, escribiendo y pensando, volviéndome cada día más y más loco.
No podía evitar darle vueltas a todo aquello que había dejado pasar y no podía evitar arrepentirme de tantas cosas que ni yo mismo sé si mi vida era puro arrepentimiento.
Añoraba pisar tierra firme, añoraba dormir en una cama, añoraba comer algo decente, pero sobretodo echaba de menos su voz en mi oído, sus ojos...su olor.
Alguna vez pensé recordar su olor en mi camisa, lo poco que tenía aparte de un calcetín, mis calzones y algunas mantas húmedas.
Me iba a llevar ese olor a la tumba, y me iba a llevar también tantos versos y prosas como hubiera sido capaz de escribir en vida en mi escritorio.
Ahora me arrepiento de todo mi tiempo perdido, de todos los pasos atrás que di y de todas las veces que he pensado demasiado las cosas, porque, de lo contrario, pensando todo mucho menos quizá no estaría aquí, o tendría una esposa y unos hijos a los que mantener.

Pasaron los días, y en la lejanía a medida que pasaba uno de esos nublados días, al atardecer, un cofre flotaba a la deriva. Cuando quería darme cuenta ya estaba nadando hacía él como si fuera a morir hoy mismo.
Lo recordaba, era el baúl donde mi padre guardaba su preciada pistola. Sólo 2 balas, una de oro y otra de plata.


Durante un instante pensé, medité, vi cruzar el mar ante mis ojos y por última vez creí recordar su olor. No quería seguir viviendo de un espejismo, iba a morir para empezar a vivir.
FIN

Náufrago.

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